En materia probatoria hay una costumbre que cuesta casos: leer un informe pericial como si fuera una constatación de hechos. No lo es. Es el resultado de un método aplicado por una persona, en un tiempo determinado, con la información que tuvo a mano.

Auditar un informe no es desconfiar de quien lo firma. Es hacerle al documento las preguntas que cualquier trabajo técnico debe poder responder. Y conviene decirlo con claridad: en materia pericial el principio de buena fe no aplica. No porque se presuma mala intención, sino porque un dictamen se sostiene por su método, no por la autoridad de quien lo suscribe.

Las preguntas que descomponen un dictamen

1. ¿Cuánto duró la valoración? ¿Consta hora de inicio y de terminación? Una valoración completa en un caso de violencia sexual —con anamnesis, antecedentes, revisión por sistemas y examen físico— no se hace en veinte minutos. Si no consta el tiempo, esa ausencia ya dice algo.

2. ¿El relato está entrecomillado o parafraseado? No es lo mismo. Un relato entre comillas es lo que la persona dijo. Un relato parafraseado es lo que el perito entendió y decidió resumir. En la diferencia entre ambos se han perdido matices que cambiaban el sentido de lo declarado.

3. ¿Cuántas entrevistas se hicieron, y con qué preguntas? En casos de violencia sexual, repetir entrevistas no mejora la información: la contamina. Cada repetición aumenta el riesgo de sugestión. Si el informe deja ver que hubo varias, eso es relevante — y también lo es el tipo de pregunta: abierta, cerrada o inductiva.

4. ¿Qué antecedentes indagó, y cuáles no? Los doce grupos. Que falten los gineco-obstétricos, los psiquiátricos o los farmacológicos no es un olvido menor: son los que suelen ofrecer explicaciones alternativas.

5. ¿Consultó la historia clínica institucional, o se quedó con lo referido? Un perito que solo escuchó tiene una versión. Uno que además leyó los registros tiene dos, y puede compararlas.

6. ¿En qué posición y con qué técnica examinó? En el examen genital, la posición modifica lo que se observa: un mismo hallazgo puede verse o no según cómo se haya explorado. Un informe que no consigna la técnica no permite saber si lo que no se vio no estaba, o no se buscó bien.

7. ¿Dice qué NO puede concluirse? Un informe honesto declara sus límites. El que concluye más de lo que sus hallazgos permiten es el más fácil de descomponer — y también el más peligroso si nadie lo revisa.

El dato que casi nadie mira: la metadata

Hay una fuente de verificación que suele pasarse por alto y que hoy está en casi todas las instituciones: la historia clínica digital deja registro de sus propios tiempos.

Queda constancia de a qué hora ingresó el paciente, a qué hora se abrió el registro, cuánto duró la atención, en qué momento se formuló un medicamento, cuándo se ordenó un examen. Es información que permite auditar la calidad de una atención minuto a minuto, sin depender de lo que el documento diga de sí mismo.

Cuando el tiempo registrado no da para lo que el informe describe, eso es un hallazgo objetivo. No es una opinión sobre el colega: es una hora contra otra hora.

Cuando quien atendió no era especialista

Buena parte de los informes flojos no nacen de mala fe, sino de que la atención inicial la prestó alguien sin formación específica en abordaje de violencia sexual.

Se nota en un detalle concreto: la documentación de lesiones. Una lesión bien descrita exige alrededor de diez variables —localización anatómica precisa, forma, dimensiones, color, bordes, profundidad, orientación, presencia de costra, signos de infección, data estimada—. Lo que solemos encontrar son dos o tres.

Con dos o tres variables no se puede establecer después ni el mecanismo ni la data. La prueba no se destruyó: nunca llegó a existir con la calidad necesaria.

Sobre las segundas valoraciones

Ante un informe deficiente, la reacción natural es pedir que se repita el examen. Casi siempre es mala idea.

En personas vivas, repetir un examen genital es volver a exponer a alguien a un procedimiento íntimo, con escaso rendimiento: los hallazgos agudos cambian en días y lo que se documentó en su momento no vuelve a estar disponible. En fallecidos, una segunda necropsia es aún más delicada: el cuerpo ya fue intervenido, y lo que se encuentre después arrastra esa intervención.

La vía correcta no es repetir el examen: es auditar el que se hizo. A eso lo llamamos metapericia — un análisis técnico del informe existente, su método y sus conclusiones, sin volver a tocar a la persona.

Para el investigador criminalístico

Construya la línea de tiempo antes de leer el informe. Después ya lo lee condicionado. Cuatro columnas bastan: cuándo, quién lo dice, qué dice exactamente, dónde consta. Las contradicciones no se buscan leyendo: aparecen solas cuando las versiones se ponen en columnas.

Pida la metadata cuando la historia clínica sea digital. Muchas instituciones la entregan si se solicita expresamente; casi ninguna la manda si no se pide.

Y cuente las variables de cada lesión descrita. Si son dos o tres, ya sabe qué va a pasar cuando el perito intente establecer el mecanismo.

Cierre

Auditar un informe no es atacar a quien lo firmó. Es separar lo que el documento demuestra de lo que apenas afirma. Esa distinción es, en la práctica, el margen de trabajo de una defensa técnica seria — y también la garantía de que una conclusión mal sostenida no decida la vida de nadie.

En el Centro de Especialistas Forenses hacemos esa revisión como trabajo propio: análisis técnico de informes periciales ya emitidos, en medicina, psiquiatría, psicología, física y genética forense.

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